martes, 4 de junio de 2013

La Ventana de enfrente

  Estaba terminando de bañarme, cuando me llegó un mensaje de una amiga, pidiendome si podría cuidarle el departamento mientras ella se iba con su chico de turno a pasar una semana lejos. Con poco trabajo y como buena amiga sin nada mejor que hacer, le contesté que no habría drama, siempre y cuando me dejara a cambio el freezer bien equipado con helado de chocolate con almendras. Como si supiera qué pensaba decirle, me contestó que había más de un kilo a mi disposición. Me reí con la toalla enroscada en la cabeza.

 Al día siguiente, salí hacia el depto sin dudarlo.  Me colgué el bolso grande cargado al hombro ya dos cuadras me tomé el colectivo que se hizo esperar.
 Había ido varias veces ya, incluso más de una noche me quedé a dormir con ella. No tuve problema en encontrarlo; el portero me saludó, me dio las llaves y una nota de mi amiga, y subí: primer piso B. Crucé la puerta, tiré el bolso en el sofá y ojeé la nota, más un chiste de ella como queriendo hacer de esa una situación seria, cuando nos conocíamos hacía tiempo y sabíamos perfectamente cómo se manejaba la otra.

 Los primeros días de la semana fueron pasando sin cuidado. El jueves llovió y me dediqué a comer helado y leer un poco, paseando descalza por el piso suave y brillante. El depto no carecía de comodidades, aunque yo hubiera instalado una enorme bañera en lugar de la moderna ducha de lineas rectas con mamparas de vidrio. Por lo demás, mi amiga siempre tuvo muy buen gusto para la decoración y muy buen ojo para los negocios. Además, el portero era un hombre de más de cincuenta, realmente atento, siempre con una sonrisa y un mate para convidar. Ella podía tomarse todas las semanas que quisiera, yo estaba muy a gusto.

 El viernes llegué más tarde porque el centro era un caos. La lluvia de la noche anterior no había terminado de llover y la humedad me ponía de mal humor. Apenas llegué cayó un chaparrón que dejó sin luz el edificio y parte de la cuadra. Tanteé por encima de la mesita de entrada y encontré lo que buscaba: varias velas enormes que ya habían sido prendidas alguna vez y desprendían perfume a canela. Pensé en ducharme, pero opté por descalzarme y ponerme no más que el remerón que uso solo cuando nadie me ve. Es una de esas prendas viejísimas, que una se niega a descartar por más gastada y deformada que esté. Me lo había regalado un amigo del secundario ya hacía varios años, un poco en chiste respecto a las diferencias físicas.

 Paseandome con el platito con las velas por la casa, noté que no había viento y decidí abrir la ventana de la sala para que entrara un poco de fresco, y en procura de encontrar algo interesante en la calle. Arrimé una silla y me quedé un rato mirando, pensando en cualquier cosa. Al rato estaba con los pies asomados por la ventana, mirando al edificio de enfrente sin ningún reparo, y con el pote de helado sobre las piernas. Me desperté sobresaltada con el ruido del microondas que se encendía al volver la luz.

 El sábado me levanté casi al mediodía, me preparé un café y me dí una ducha larguísima. Hablé con mi amiga, miré con desinterés alguna película desparramada en el sillón, enfundada en el bendito remerón. Antes que cerrara el super chino de la otra cuadra me calzé algo un poco más decente, y me traje unas cuantas cervezas y un vino para el portero, que se rió con ganas y agradeció el gesto.
 De bastante mejor humor, busqué en los imanes de la heladera y me permití pedirme una pizza grande. Llegó enseguida, traida por el portero que estaba bastante arreglado para salir con sus amigos, y se rió de mi remerón y mis planes solitarios de sábado. Yo también me reí, me divertía pasar el tiempo en ese lugar.

 Así que me apoltroné en la mesita de la cocina, frente a la ventana, prendí la tele y me dispuse a pasar un sábado de completa nada. Comí varias porciones de pizza, me tomé algunas cervezas, ví algunas películas y escuché el barullo de la calle toda la noche.
 Llegando a las cuatro de la mañana ya estaba algo somnolienta, aunque no tuviera mucho que hacer. Cuando me asomé a sacar la última cerveza de la heladera, ví desde la ventana de la cocina que un muchacho cruzaba la vereda, entrando al edificio de enfrente. Cerré la puerta de la heladera, destapé la negra, casi un postre de trasnoche, mientras seguía viendo. En el departamento de la cortina levantada se encendió una luz, y ví al muchacho descargar un bolso enorme y sacarse la camisa escocesa, seguir caminando. Me quedé ahí, husmeando. Al rato reapareció por la ventana de lo que supuse, era su cocina. Se lavó las manos, se mojó la cara y el pelo. Su musculosa revelaba brazos bien torneados, algún tatuaje; su piel era bastante clara y contrastaba con el pelo que le caía a los costados de la cara. Estaba algo ojeroso, y yo bastante inquieta. Sacó una botella de la heladera y salió apagando la luz, seguramente sin imaginar que me privaba de verlo.

 Se veía ahora no más que un leve reflejo de luz que apenas mojaba las cerámicas de la cocina. Claro, ¡la sala! Salí disparada dejando mi botella transpirando en la mesa. Levanté la cortina con cuidado... Del otro lado, la suerte me favorecía con un enorme ventanal.

 Él se había recostado en su cama y había prendido la televisión que lo iluminaba fríamente. Se había descalzado, tomaba una cerveza rubia sin ganas, miraba a ningún lugar. Hizo zapping un par de veces, terminó la cerveza. Y se desprendió el pantalón. La genética le jugaba muy a favor, así que apronté la silla y me asomé en la oscuridad de la sala. Comenzó a mover su mano derecha como si fuera a masturbarse con el pantalón puesto. Pero no se hizo rogar; sacó su miembro afuera y comenzó a subir y bajar, primero despacio, después con más ganas.
 Sin querer despegar la vista un segundo, estiré la mano hasta el sillón, levanté el bolso y saqué del fondo mi dildo más grande. Sin dejar de ver y sin levantarme, lo escupí y abrí las piernas, recostándome lo más posible. Comenzé a acariciarme, estaba empapada y la cola se me pegaba a la silla. Y él seguía tocándose, entrecerrando los ojos y mirando el apetecible juguete que tenía en su mano.
 Levanté las piernas y las dejé en su esplendor con los pies apoyados en el marco la ventana, mientras introducía de un sólo golpe mi propio falo. Empecé a seguir su ritmo, a medida que me iba dando golpes suaves en el clítoris. Él, desde su cama, creyéndose en privado, jugaba con las intensidades. Parecía que nunca acabaría.
 Aproveché la situación, me metí el dildo en la boca y lo lubriqué bien. Me levanté y lo apoyé en la silla, y muy despacio lo fui hundiendo en mi cola. Lo sostenía con una mano, y subía y bajaba sobre él. No pasó mucho para que lo estuviera cabalgando con furia, gimiendo sin cuidado, frotándome el clítoris como podía, rebosante de mí misma. Y mirando al masturbador de enfrente, que se estremecía sin yo poderlo saborear. Ahí estaba, desparramándose encima, con el falo enardecido en la mano.
 No pude contenerme y aceleré el ritmo de mi mano sobre mi sexo; cerré los ojos, mis gemidos acelerados se transformaron en un fuerte grito de placer.

 Bajé el ritmo hasta quedarme quieta, al tiempo que me metía los dedos en la boca, disfrutándome, y sacaba el dildo de mi cola.
 Cuando abrí los ojos, libidinosa, no tuve mayor sorpresa que la imagen del muchacho apoyado casi en el marco de su ventana abierta, viéndome con los ojos tensos en las sienes , las mandíbulas apretadas. Y una ínfima sonrisa de triunfo.



SD.