Estaba terminando de bañarme, cuando me llegó un mensaje de una amiga, pidiendome si podría cuidarle el departamento mientras ella se iba con su chico de turno a pasar una semana lejos. Con poco trabajo y como buena amiga sin nada mejor que hacer, le contesté que no habría drama, siempre y cuando me dejara a cambio el freezer bien equipado con helado de chocolate con almendras. Como si supiera qué pensaba decirle, me contestó que había más de un kilo a mi disposición. Me reí con la toalla enroscada en la cabeza.
Al día siguiente, salí hacia el depto sin dudarlo. Me colgué el bolso grande cargado al hombro ya dos cuadras me tomé el colectivo que se hizo esperar.
Había ido varias veces ya, incluso más de una noche me quedé a dormir con ella. No tuve problema en encontrarlo; el portero me saludó, me dio las llaves y una nota de mi amiga, y subí: primer piso B. Crucé la puerta, tiré el bolso en el sofá y ojeé la nota, más un chiste de ella como queriendo hacer de esa una situación seria, cuando nos conocíamos hacía tiempo y sabíamos perfectamente cómo se manejaba la otra.
Los primeros días de la semana fueron pasando sin cuidado. El jueves llovió y me dediqué a comer helado y leer un poco, paseando descalza por el piso suave y brillante. El depto no carecía de comodidades, aunque yo hubiera instalado una enorme bañera en lugar de la moderna ducha de lineas rectas con mamparas de vidrio. Por lo demás, mi amiga siempre tuvo muy buen gusto para la decoración y muy buen ojo para los negocios. Además, el portero era un hombre de más de cincuenta, realmente atento, siempre con una sonrisa y un mate para convidar. Ella podía tomarse todas las semanas que quisiera, yo estaba muy a gusto.
El viernes llegué más tarde porque el centro era un caos. La lluvia de la noche anterior no había terminado de llover y la humedad me ponía de mal humor. Apenas llegué cayó un chaparrón que dejó sin luz el edificio y parte de la cuadra. Tanteé por encima de la mesita de entrada y encontré lo que buscaba: varias velas enormes que ya habían sido prendidas alguna vez y desprendían perfume a canela. Pensé en ducharme, pero opté por descalzarme y ponerme no más que el remerón que uso solo cuando nadie me ve. Es una de esas prendas viejísimas, que una se niega a descartar por más gastada y deformada que esté. Me lo había regalado un amigo del secundario ya hacía varios años, un poco en chiste respecto a las diferencias físicas.
Paseandome con el platito con las velas por la casa, noté que no había viento y decidí abrir la ventana de la sala para que entrara un poco de fresco, y en procura de encontrar algo interesante en la calle. Arrimé una silla y me quedé un rato mirando, pensando en cualquier cosa. Al rato estaba con los pies asomados por la ventana, mirando al edificio de enfrente sin ningún reparo, y con el pote de helado sobre las piernas. Me desperté sobresaltada con el ruido del microondas que se encendía al volver la luz.
El sábado me levanté casi al mediodía, me preparé un café y me dí una ducha larguísima. Hablé con mi amiga, miré con desinterés alguna película desparramada en el sillón, enfundada en el bendito remerón. Antes que cerrara el super chino de la otra cuadra me calzé algo un poco más decente, y me traje unas cuantas cervezas y un vino para el portero, que se rió con ganas y agradeció el gesto.
De bastante mejor humor, busqué en los imanes de la heladera y me permití pedirme una pizza grande. Llegó enseguida, traida por el portero que estaba bastante arreglado para salir con sus amigos, y se rió de mi remerón y mis planes solitarios de sábado. Yo también me reí, me divertía pasar el tiempo en ese lugar.
Así que me apoltroné en la mesita de la cocina, frente a la ventana, prendí la tele y me dispuse a pasar un sábado de completa nada. Comí varias porciones de pizza, me tomé algunas cervezas, ví algunas películas y escuché el barullo de la calle toda la noche.
Llegando a las cuatro de la mañana ya estaba algo somnolienta, aunque no tuviera mucho que hacer. Cuando me asomé a sacar la última cerveza de la heladera, ví desde la ventana de la cocina que un muchacho cruzaba la vereda, entrando al edificio de enfrente. Cerré la puerta de la heladera, destapé la negra, casi un postre de trasnoche, mientras seguía viendo. En el departamento de la cortina levantada se encendió una luz, y ví al muchacho descargar un bolso enorme y sacarse la camisa escocesa, seguir caminando. Me quedé ahí, husmeando. Al rato reapareció por la ventana de lo que supuse, era su cocina. Se lavó las manos, se mojó la cara y el pelo. Su musculosa revelaba brazos bien torneados, algún tatuaje; su piel era bastante clara y contrastaba con el pelo que le caía a los costados de la cara. Estaba algo ojeroso, y yo bastante inquieta. Sacó una botella de la heladera y salió apagando la luz, seguramente sin imaginar que me privaba de verlo.
Se veía ahora no más que un leve reflejo de luz que apenas mojaba las cerámicas de la cocina. Claro, ¡la sala! Salí disparada dejando mi botella transpirando en la mesa. Levanté la cortina con cuidado... Del otro lado, la suerte me favorecía con un enorme ventanal.
Él se había recostado en su cama y había prendido la televisión que lo iluminaba fríamente. Se había descalzado, tomaba una cerveza rubia sin ganas, miraba a ningún lugar. Hizo zapping un par de veces, terminó la cerveza. Y se desprendió el pantalón. La genética le jugaba muy a favor, así que apronté la silla y me asomé en la oscuridad de la sala. Comenzó a mover su mano derecha como si fuera a masturbarse con el pantalón puesto. Pero no se hizo rogar; sacó su miembro afuera y comenzó a subir y bajar, primero despacio, después con más ganas.
Sin querer despegar la vista un segundo, estiré la mano hasta el sillón, levanté el bolso y saqué del fondo mi dildo más grande. Sin dejar de ver y sin levantarme, lo escupí y abrí las piernas, recostándome lo más posible. Comenzé a acariciarme, estaba empapada y la cola se me pegaba a la silla. Y él seguía tocándose, entrecerrando los ojos y mirando el apetecible juguete que tenía en su mano.
Levanté las piernas y las dejé en su esplendor con los pies apoyados en el marco la ventana, mientras introducía de un sólo golpe mi propio falo. Empecé a seguir su ritmo, a medida que me iba dando golpes suaves en el clítoris. Él, desde su cama, creyéndose en privado, jugaba con las intensidades. Parecía que nunca acabaría.
Aproveché la situación, me metí el dildo en la boca y lo lubriqué bien. Me levanté y lo apoyé en la silla, y muy despacio lo fui hundiendo en mi cola. Lo sostenía con una mano, y subía y bajaba sobre él. No pasó mucho para que lo estuviera cabalgando con furia, gimiendo sin cuidado, frotándome el clítoris como podía, rebosante de mí misma. Y mirando al masturbador de enfrente, que se estremecía sin yo poderlo saborear. Ahí estaba, desparramándose encima, con el falo enardecido en la mano.
No pude contenerme y aceleré el ritmo de mi mano sobre mi sexo; cerré los ojos, mis gemidos acelerados se transformaron en un fuerte grito de placer.
Bajé el ritmo hasta quedarme quieta, al tiempo que me metía los dedos en la boca, disfrutándome, y sacaba el dildo de mi cola.
Cuando abrí los ojos, libidinosa, no tuve mayor sorpresa que la imagen del muchacho apoyado casi en el marco de su ventana abierta, viéndome con los ojos tensos en las sienes , las mandíbulas apretadas. Y una ínfima sonrisa de triunfo.
SD.
martes, 4 de junio de 2013
viernes, 31 de mayo de 2013
Chubasco
Muy distante de un día gélido como hoy, me encontraba desparramada en la silla, queriendo más no pudiendo leer ni un párrafo de un libro que hace tiempo quería terminar. Ese tarde en particular el sol era áspero contra la piel y no podía estarme quieta. El verano tiene sus encantos, pero los días pesados y nublados me resultan tediosos. Así que decidí salir hasta la heladería más cercana, esperando encontrarla vacía en plena tarde. Me calcé un solerito liviano, tomé el monedero, las llaves, y caminé las siete cuadras que distaban abrumada por el peso de mi propio cuerpo. Cuando llegué, el panorama era bastante opuesto al que supuse: una fila larguísima de gente que se agolpaba contra las heladeras, entre eligiendo sabores y aprovechando el frío. No tenía nada mejor que hacer, me ubiqué en la hilera mientras miraba las diferentes escenas.
Una señora con un grupo de niños de no más de ocho años se quejaba, ellos corrían en el poco espacio y salían hasta la vereda gritando. Varias familias tomaban helado en las mesas casi como un ritual desgastado, en silencio. Las caras largas de varios matrimonios de más de cuarenta empezaban a emitir murmullos, disgustados por lo lento que circulaban los pedidos. Los pobres chicos detrás del mostrador tenían finas líneas de sudor en sus caras, algunos tenían pequeñas aureolas en las chombas de gruesa tela para ser uniforme de verano en una heladería. Una mujer malhumorada y bastante grande atendía veloz y cortante la caja, despachaba a todos de mala gana. Algunas parejitas compartían el cucurucho entre miradas pícaras. Otras se reían, sueltas. Un señor suda mares y un grupo de chicas se mufa de él. Varios adolescentes hacen estragos con el dispenser de agua y la que atiende la caja les grita y amenaza con miradas.
Había tufo de gente amontonada.
Estaba mitigando la espera con estas observaciones, cuando sentí un empujón. Me volteé y un muchacho despeinado me pidió disculpas. Tenía detrás a un grupo bastante silencioso en comparación al resto, de hombres de entre veinticinco y treinta y algo. Supuse que habrían llegado en auto, porque se los veía bastante frescos pero no disfrutaban mucho de la espera.
El muchacho despeinado me preguntó si hacía mucho que esperaba, a lo que le dije que ya estaba considerando quedarme con las ganas del helado. Él y sus compañeros rieron desganados, abombados ya por el ambiente. Me quedé apoyada contra la heladera, sin darles la espalda, y ellos comenzaron a comentar cosas sin mucho sentido, como para pasar el rato. Afuera se había desatado un viento fuerte, que se metía por la puerta abierta del local y aireaba las prendas húmedas. Estuvimos charlando largos minutos cuando me percaté que uno de ellos me miraba casi podría decir que con interés.
Tenía unos bonitos ojos claros, que contrastaban con su cabello castaño oscuro y su piel coloreada por la estación. Llevaba unas bermudas, una remera sin mangas y un llamativo collar de cuentas de madera. Esbozó una sonrisa corta y seductora al descubrirme viéndolo fijo, que me obligó a mover la mirada y hasta seguramente me hubiera sonrojado de haber sido cualquier otro día.
El grupo hablaba de la playa y lo bien que la habían pasado, y el chico del collar no despegaba sus pupilas de mí. Sentí un escalofrío y mis pezones me delataron. Me crucé de brazos mientras se hacía una suerte de silencio ínfimo y él bajaba la mirada a mis pechos. Me despegué de la heladera para notar que me había quedado parte de la espalda y la cola mojadas. El muchacho se acercó con disimulo. Olía a fresco, casi cítrico; tragué saliva.
No dijo una sola palabra. Su presencia tan cercana me inquietaba de nuevo, pero no quería descruzar los brazos porque mis pezones seguían firmes. Supuse que él se había dado cuenta, y hasta lo hacía adrede. Se acercó más a mi, y sin que me diera cuenta recorrió mi espalda mojada con uno de sus dedos. Para mi sorpresa no me sobresalté, sino que respiré con fuerza y me arqueé. Lo miré de reojo, casi aprobando su accionar. Lo repitió un par de veces más. Bajé la vista y noté que su bermuda estaba algo más ajustada. Volví a mirarlo, esta vez sonriendo levemente; él se miró y me acarició la nuca, por debajo de mi cabello. Volví a respirar con fuerza, a tragar saliva.
Sus amigos ya lo habían notado, además hacía rato que ninguno de los dos pronunciábamos palabra. Afuera ya llovía. Me sentí algo incómoda, y dije que volvería sin tomar helado. Saludé al grupo rápido y me encaminé a la puerta, pensando en qué tan empapada llegaría.
En definitiva, a las dos cuadras chorreaba agua y llevaba mis ojotas en la mano, cuando un auto paró. El conductor se asomó a la ventanilla del acompañante que estaba baja y me llamó. Yo seguí caminando sin prestarle atención, empezando a malhumorarme, cuando oí la puerta del coche cerrarse. Giré asustada, y comprobé que, mojándose íntegro, se acercaba. No hace falta decir quién...
Me tomó un brazo y sin aviso nos comimos la boca. Sentía su perfume y sentía irradiar el ardor de su piel. Él comenzó a apretarme contra sí, contra sus bermudas abultadas. Con las ojotas todavía en la mano, yo me derretía.
Fue en el momento que decidí soltarme con un simple movimiento de manos, mirarlo de la forma más perversa posible. Y salir caminando, volteando una sola vez, para verlo quieto, con los ojos enormes y esa maldita sonrisa seductora bajo la lluvia de verano.
Entré al baño, dejando empapado el camino, abrí el agua caliente de la ducha y me masturbé con ganas, imaginándome su miembro apretado y más mojado de lo que él hubiese querido...
SD.
Una señora con un grupo de niños de no más de ocho años se quejaba, ellos corrían en el poco espacio y salían hasta la vereda gritando. Varias familias tomaban helado en las mesas casi como un ritual desgastado, en silencio. Las caras largas de varios matrimonios de más de cuarenta empezaban a emitir murmullos, disgustados por lo lento que circulaban los pedidos. Los pobres chicos detrás del mostrador tenían finas líneas de sudor en sus caras, algunos tenían pequeñas aureolas en las chombas de gruesa tela para ser uniforme de verano en una heladería. Una mujer malhumorada y bastante grande atendía veloz y cortante la caja, despachaba a todos de mala gana. Algunas parejitas compartían el cucurucho entre miradas pícaras. Otras se reían, sueltas. Un señor suda mares y un grupo de chicas se mufa de él. Varios adolescentes hacen estragos con el dispenser de agua y la que atiende la caja les grita y amenaza con miradas.
Había tufo de gente amontonada.
Estaba mitigando la espera con estas observaciones, cuando sentí un empujón. Me volteé y un muchacho despeinado me pidió disculpas. Tenía detrás a un grupo bastante silencioso en comparación al resto, de hombres de entre veinticinco y treinta y algo. Supuse que habrían llegado en auto, porque se los veía bastante frescos pero no disfrutaban mucho de la espera.
El muchacho despeinado me preguntó si hacía mucho que esperaba, a lo que le dije que ya estaba considerando quedarme con las ganas del helado. Él y sus compañeros rieron desganados, abombados ya por el ambiente. Me quedé apoyada contra la heladera, sin darles la espalda, y ellos comenzaron a comentar cosas sin mucho sentido, como para pasar el rato. Afuera se había desatado un viento fuerte, que se metía por la puerta abierta del local y aireaba las prendas húmedas. Estuvimos charlando largos minutos cuando me percaté que uno de ellos me miraba casi podría decir que con interés.
Tenía unos bonitos ojos claros, que contrastaban con su cabello castaño oscuro y su piel coloreada por la estación. Llevaba unas bermudas, una remera sin mangas y un llamativo collar de cuentas de madera. Esbozó una sonrisa corta y seductora al descubrirme viéndolo fijo, que me obligó a mover la mirada y hasta seguramente me hubiera sonrojado de haber sido cualquier otro día.
El grupo hablaba de la playa y lo bien que la habían pasado, y el chico del collar no despegaba sus pupilas de mí. Sentí un escalofrío y mis pezones me delataron. Me crucé de brazos mientras se hacía una suerte de silencio ínfimo y él bajaba la mirada a mis pechos. Me despegué de la heladera para notar que me había quedado parte de la espalda y la cola mojadas. El muchacho se acercó con disimulo. Olía a fresco, casi cítrico; tragué saliva.
No dijo una sola palabra. Su presencia tan cercana me inquietaba de nuevo, pero no quería descruzar los brazos porque mis pezones seguían firmes. Supuse que él se había dado cuenta, y hasta lo hacía adrede. Se acercó más a mi, y sin que me diera cuenta recorrió mi espalda mojada con uno de sus dedos. Para mi sorpresa no me sobresalté, sino que respiré con fuerza y me arqueé. Lo miré de reojo, casi aprobando su accionar. Lo repitió un par de veces más. Bajé la vista y noté que su bermuda estaba algo más ajustada. Volví a mirarlo, esta vez sonriendo levemente; él se miró y me acarició la nuca, por debajo de mi cabello. Volví a respirar con fuerza, a tragar saliva.
Sus amigos ya lo habían notado, además hacía rato que ninguno de los dos pronunciábamos palabra. Afuera ya llovía. Me sentí algo incómoda, y dije que volvería sin tomar helado. Saludé al grupo rápido y me encaminé a la puerta, pensando en qué tan empapada llegaría.
En definitiva, a las dos cuadras chorreaba agua y llevaba mis ojotas en la mano, cuando un auto paró. El conductor se asomó a la ventanilla del acompañante que estaba baja y me llamó. Yo seguí caminando sin prestarle atención, empezando a malhumorarme, cuando oí la puerta del coche cerrarse. Giré asustada, y comprobé que, mojándose íntegro, se acercaba. No hace falta decir quién...
Me tomó un brazo y sin aviso nos comimos la boca. Sentía su perfume y sentía irradiar el ardor de su piel. Él comenzó a apretarme contra sí, contra sus bermudas abultadas. Con las ojotas todavía en la mano, yo me derretía.
Fue en el momento que decidí soltarme con un simple movimiento de manos, mirarlo de la forma más perversa posible. Y salir caminando, volteando una sola vez, para verlo quieto, con los ojos enormes y esa maldita sonrisa seductora bajo la lluvia de verano.
Entré al baño, dejando empapado el camino, abrí el agua caliente de la ducha y me masturbé con ganas, imaginándome su miembro apretado y más mojado de lo que él hubiese querido...
SD.
jueves, 30 de mayo de 2013
La Primera Dama
Esa noche tenía decidido cobrarme todas las histeriqueadas de un símil-rockstar que, después de cruzarnos por casualidad alguna vez, vía Facebook había conseguido arrebatarme varias noches con los ojos en el techo. Sin mucho más preludio que un "salgamos a tomar algo", nos encontraríamos en una fiesta, en un lugar que no conocía, pleno Centro.
Me arreglé lo necesario: no hubo más lujos que mi bombacha favorita de encaje y las uñas pintadas durante el viaje. Y fué justamente durante ese viaje, que me pregunté si lo que estaba haciendo estaba bien. Digo "bien", en el marco en el que me criaron seguro que no; simplemente pensaba en cuán poderosa podían ser las ansias de aventurarme en lo que nunca antes había experimentado como para dejarme satisfecha. Acordé que dejaría de preguntarme sandeces cuando casi se me pasa la parada. Caminé las cuadras rápido, entre impaciente y congelada, ya que había refrescado bastante.
Llegué al lugar cuando aún estaba vacío. Me sentí una tonta, llegando temprano en mis zapatos cuando las pocas pulgas del lugar ameritaban zapatillas, pero procuré lucir lo más distendida posible.
Me pasé la noche mirando de reojo, esperando que él me descubriera como si yo estuviera ahí sólo por casualidad. Llegó casi dos horas más tarde que yo, junto a un grupo de amigas. No podría describir mi expresión al verlo entrar porque no estoy segura de ella, hacía dos horas que tomaba cerveza de a sorbos pequeños y los compañeros de trago circunstanciales eran realmente aburridos.
Dejé que él se acercara. No era tan lindo como en las fotos, ni como lo recordé o creí recordar de aquella noche. Automáticamente me sentí estafada. Y mis ojos saltaron a una de sus amigas. Era muy linda; el cabello suelto y lacio, los ojos muy maquillados, la risa repiqueteando contra las paredes. Su cuerpo era un poco más grande que el mío, y su escote impedía que uno la viese primero a la cara. Y ella lo sabía.
Al rato, todo el grupo emitía vapores de alcohol y nos reíamos de cualquier estupidez. Se dijeron boberías y hablamos de música. Ella lo miraba de una forma muy peculiar, supuse que era obvio que compartieran más de una noche juntos. Él estaba compenetrado en arrinconarme contra la pared con su pelvis. Yo los observaba de a ratos, cada quien en su labor, mientras sorteaba embestidas y daba sorbos cortos a los vasos enormes que circulaban. Tenía más ganas de estar en mi cama que ahí.
Mientras me esforzaba por parpadear, sentí entonces que me besaban. Que él me besaba. Sus labios enormes eran cómodos y suaves, su lengua estaba tibia y sus manos me helaban la espalda a través de la camisa. Cuando aparté la cara un instante, me dí cuenta que ella se acercaba, se metía entre los dos para besarnos, los tres al mismo tiempo, en un enredo de lenguas desproporcionado.
Nos fuimos alejando del grupo, nos metimos en la pista de baile, nos besamos largamente. Ella tenía una minifalda que era poco obstáculo, y comprobando lo que imaginaba, él comenzó a tocarla. Yo no quise dejar pasar el momento, me puse detrás y comencé a acariciar sus piernas, sus nalgas. Tenía la piel suave y caliente, y mientras le besaba el cuello oía sus pequeños gemiditos. Él no entendía nada, se sentía galán. Ella estaba fuera de sí. Yo quería huir con ella. Alguien pasó y nos bañó adrede con la cerveza que le quedaba en el vaso, que no era poca y estaba helada todavía. Lo primero que se me ocurrió fue ir al baño, a lo que ella me tomó de la mano y nos encaminamos allí.
El baño era pequeño, había mucha gente tanto más ebria que nosotras, así que entramos juntas y cerramos la puerta. Tenía todo el escote empapado, pegajoso. Se reía descontrolada, y se tapaba la boca con ambas manos. Hicimos pis y nos limpiamos como pudimos. Afuera él golpeaba la puerta, procurando no perderse de nada.
Antes de salir la miré de una forma tan libidinosa y encantadora que me desconocí. Ella rió y comenzó a besarme. Le dije que nos fuéramos a otro lugar, que iba a mimarla, a besarla hondamente. Pasé mi mano por su pierna con suavidad, acaricié su diminuta tanga mojada. Del otro lado, giró el picaporte.
Salimos del lugar los tres. Una garúa de las últimas frías nos movió de un taxi a la estación. Cuando el tren llegó a destino, el día empezaba a despuntar. Teníamos frío y sueño, pero nosotras estábamos demasiado lejos de nuestras respectivas colchas.
Entramos a su cuarto. Él seguía entusiasmado con la idea de seguir con lo que hacía más de una hora se había transformado en resaca. Dijo algo y salió de la habitación, mientras yo hurgaba su música y ella se recostaba en la cama. Me descalcé y me senté junto a ella, que me invitaba a aprovechar el segundo de silencio para abrazarla.
Debo haber dormitado sólo unos minutos, cuando abrí los ojos ella ahora estaba sentada en la cama junto a él, acariciándose. Me sentí totalmente de más.
Cuando comenzaron a desnudarse me defendí con el frío que hacía y con varias caricias y besos. Ambos sonrieron y comenzaron a tocarse. Él arremetía con brutalidad contra ella, como si fuera realmente una estrellita de rock disfrutando de sus fans, queriendo romperla. Me pedía que la nalgueara, y yo me excitaba viéndola solamente. Ella era alevosía en gestos, gritaba y gemía con fuerza. El encaje de mi bombacha era un desastre a estas alturas, no podía dejar de acariciarla, de lamer sus pezones pequeños, deseando que el otro se esfumara para poder encargarme de estremecerla de verdad.
Alrededor del mediodía pregunté qué me podía acercar a mi casa. Salimos, tres vestigios de una noche, bajo un sol cubierto de nubes con la boca pastosa. Llegué a mi casa casi tres horas después, caminando descalza las últimas cuadras, rogando que la siesta después del asado del domingo fuera más real que nunca. Me encaminé hacia la ducha, dejando cartera y ropa por el camino. Mi ropa interior aún estaba húmeda.
SD.
miércoles, 29 de mayo de 2013
Debajo de la Almohada
Cuando pequeña, como buena muchachita soñadora, supe tener un diario íntimo. Nada muy alevoso, no más que una suerte de agenda con candado fácilmente profanable.
Así y todo, escribía sólo por las noches, después que se durmieran los ruidos, con alguna birome de color o de brillitos o con perfume. Sin que nadie me viera. Terminado el ritual (poco regular confieso, no siempre tenía cosas importantes que escribir) escondía las llaves con recelo en la mesita de luz o dentro de algún alhajero, y metía el librito verde y suave entre la almohada y su funda .
Me enojaba cuando encontraba a mamá cambiando sábanas o a mi hermano con sus amigos llevándoselo consigo. Comenzaban las corridas y los manotazos, el chillido sonoro de alerta cuando los ingenuos pensamientos de una mocosa estaban al alcance del resto.
Hoy no es mucho más diferente, escribo y fantaseo a escondidas del mundo. Siempre tuve facilidad para la lecto-escritura; pero sobre todo fantaseo.
Cuando, por ejemplo, la rutina me fastidia, suelo sentarme lejos y dejar la cabeza colgando, cierro los ojos y seguramente me llegue alguna historia a la mente. O si no puedo conciliar el sueño.
Pero lo curioso ocurrió cuando comencé a trenzar historias que simplemente suponía. En lugares comunes, con gente común. Gente en el tren, gente en un bar, gente cruzando una plaza, gente con la mirada encendida y los labios entreabiertos.
No les invento las vidas que desconozco, eso sería un recurso simple y cotidiano. Me meto en sus rasgos, en sus gestos, y termino metiéndome en sus camas.
Intuyo que creíste que tengo relaciones sexuales con estas personas; no. Las elijo, las tomo y pasan a ser el elenco mental de mis fechorías. A veces son parejas, a veces son compañeros de circunstancias, a veces transeúntes. No hay un patrón que seguir ni una situación particular. Me divierte, puedo pasar días puliendo encuentros en mi mente. Debe ser más normal de lo que creo ¿no?
(Y dejo que escapen mis oraciones secretas desde debajo de la almohada, sin que puedas verme la cara, sin que puedas oír mi voz)
SD.
Así y todo, escribía sólo por las noches, después que se durmieran los ruidos, con alguna birome de color o de brillitos o con perfume. Sin que nadie me viera. Terminado el ritual (poco regular confieso, no siempre tenía cosas importantes que escribir) escondía las llaves con recelo en la mesita de luz o dentro de algún alhajero, y metía el librito verde y suave entre la almohada y su funda .
Me enojaba cuando encontraba a mamá cambiando sábanas o a mi hermano con sus amigos llevándoselo consigo. Comenzaban las corridas y los manotazos, el chillido sonoro de alerta cuando los ingenuos pensamientos de una mocosa estaban al alcance del resto.
Hoy no es mucho más diferente, escribo y fantaseo a escondidas del mundo. Siempre tuve facilidad para la lecto-escritura; pero sobre todo fantaseo.
Cuando, por ejemplo, la rutina me fastidia, suelo sentarme lejos y dejar la cabeza colgando, cierro los ojos y seguramente me llegue alguna historia a la mente. O si no puedo conciliar el sueño.
Pero lo curioso ocurrió cuando comencé a trenzar historias que simplemente suponía. En lugares comunes, con gente común. Gente en el tren, gente en un bar, gente cruzando una plaza, gente con la mirada encendida y los labios entreabiertos.
No les invento las vidas que desconozco, eso sería un recurso simple y cotidiano. Me meto en sus rasgos, en sus gestos, y termino metiéndome en sus camas.
Intuyo que creíste que tengo relaciones sexuales con estas personas; no. Las elijo, las tomo y pasan a ser el elenco mental de mis fechorías. A veces son parejas, a veces son compañeros de circunstancias, a veces transeúntes. No hay un patrón que seguir ni una situación particular. Me divierte, puedo pasar días puliendo encuentros en mi mente. Debe ser más normal de lo que creo ¿no?
(Y dejo que escapen mis oraciones secretas desde debajo de la almohada, sin que puedas verme la cara, sin que puedas oír mi voz)
SD.
A modo de presentación
Quise encontrar la forma de compartir mis escritos sin que el mundo supiera quién soy.Tenía mi personaje formado, algunas historias, algunas imágenes, mi estilo de escritura bastante simple.Al momento de buscar un seudónimo apropiado, me adentré en la magia chata de los buscadores para dar con el indicado. Después de varios intentos, nació Silencia Doppelgänger.
Me pareció bastante justo, considerando que sería mi Doble quien escribiría, casi huyendo del espejo, un reflejo que muchas veces temo encontrar. Quizás una sombra demasiado profunda como para exponerla a la luz del día.
El asunto se puso complicado porque debía comenzar de cero, puesto que nunca antes había escrito un Blog (de hecho, muchos de estos escritos nunca conocieron más que mi propia mirada, y desaparecieron en algún cajón o como retazos en el cesto de la basura)
Espero poder comenzar y continuar. Que sea hasta donde sea.
SD.
Me pareció bastante justo, considerando que sería mi Doble quien escribiría, casi huyendo del espejo, un reflejo que muchas veces temo encontrar. Quizás una sombra demasiado profunda como para exponerla a la luz del día.
El asunto se puso complicado porque debía comenzar de cero, puesto que nunca antes había escrito un Blog (de hecho, muchos de estos escritos nunca conocieron más que mi propia mirada, y desaparecieron en algún cajón o como retazos en el cesto de la basura)
Espero poder comenzar y continuar. Que sea hasta donde sea.
SD.
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