viernes, 31 de mayo de 2013

Chubasco

 Muy distante de un día gélido como hoy, me encontraba desparramada en la silla, queriendo más no pudiendo leer ni un párrafo de un libro que hace tiempo quería terminar. Ese tarde en particular el sol era áspero contra la piel y no podía estarme quieta. El verano tiene sus encantos, pero los días pesados y nublados me resultan tediosos. Así que decidí salir hasta la heladería más cercana, esperando encontrarla vacía en plena tarde. Me calcé un solerito liviano, tomé el monedero, las llaves, y caminé las siete cuadras que distaban abrumada por el peso de mi propio cuerpo. Cuando llegué, el panorama era bastante opuesto al que supuse: una fila larguísima de gente que se agolpaba contra las heladeras, entre eligiendo sabores y aprovechando el frío. No tenía nada mejor que hacer, me ubiqué en la hilera mientras miraba las diferentes escenas.

 Una señora con un grupo de niños de no más de ocho años se quejaba, ellos corrían en el poco espacio y salían hasta la vereda gritando. Varias familias tomaban helado en las mesas casi como un ritual desgastado, en silencio. Las caras largas de varios matrimonios de más de cuarenta empezaban a emitir murmullos, disgustados por lo lento que circulaban los pedidos. Los pobres chicos detrás del mostrador tenían  finas líneas de sudor en sus caras, algunos tenían pequeñas aureolas en las chombas de gruesa tela para ser uniforme de verano en una heladería. Una mujer malhumorada y bastante grande atendía veloz y cortante la caja, despachaba a todos de mala gana. Algunas parejitas compartían el cucurucho entre miradas pícaras. Otras se reían, sueltas. Un señor suda mares y un grupo de chicas se mufa de él. Varios adolescentes hacen estragos con el dispenser de agua y la que atiende la caja les grita y amenaza con miradas.
 Había tufo de gente amontonada.

 Estaba mitigando la espera con estas observaciones, cuando sentí un empujón. Me volteé y un muchacho despeinado me pidió disculpas. Tenía detrás a un grupo bastante silencioso en comparación al resto, de hombres de entre veinticinco y treinta y algo. Supuse que habrían llegado en auto, porque se los veía bastante frescos pero no disfrutaban mucho de la espera.
 El muchacho despeinado me preguntó si hacía mucho que esperaba, a lo que le dije que ya estaba considerando quedarme con las ganas del helado. Él y sus compañeros rieron desganados, abombados ya por el ambiente. Me quedé apoyada contra la heladera, sin darles la espalda, y ellos comenzaron a comentar cosas sin mucho sentido, como para pasar el rato. Afuera se había desatado un viento fuerte, que se metía por la puerta abierta del local y aireaba las prendas húmedas. Estuvimos charlando largos minutos cuando me percaté que uno de ellos me miraba casi podría decir que con interés.

  Tenía unos bonitos ojos claros, que contrastaban con su cabello castaño oscuro y su piel coloreada por la estación. Llevaba unas bermudas, una remera sin mangas y un llamativo collar de cuentas de madera. Esbozó una sonrisa corta y seductora al descubrirme viéndolo fijo, que me obligó a mover la mirada y hasta seguramente me hubiera sonrojado de haber sido cualquier otro día.
  El grupo hablaba de  la playa y lo bien que la habían pasado, y el chico del collar no despegaba sus pupilas de mí. Sentí un escalofrío y mis pezones me delataron. Me crucé de brazos mientras se hacía una suerte de silencio ínfimo y él bajaba la mirada a mis pechos. Me despegué de la heladera para notar que me había quedado parte de la espalda y la cola mojadas. El muchacho se acercó con disimulo. Olía a fresco, casi  cítrico; tragué saliva.
  No dijo una sola palabra. Su presencia tan cercana me inquietaba de nuevo, pero no quería descruzar los brazos porque mis pezones seguían firmes. Supuse que él se había dado cuenta, y hasta lo hacía adrede. Se acercó más a mi, y sin que me diera cuenta recorrió mi espalda mojada con uno de sus dedos. Para mi sorpresa no me sobresalté, sino que respiré con fuerza y me arqueé. Lo miré de reojo, casi aprobando su accionar. Lo repitió un par de veces más. Bajé la vista y noté que su bermuda estaba algo más ajustada. Volví a mirarlo, esta vez sonriendo levemente; él se miró y me acarició la nuca, por debajo de mi cabello. Volví a respirar con fuerza, a tragar saliva.

 Sus amigos ya lo habían notado, además hacía rato que ninguno de los dos pronunciábamos palabra. Afuera ya llovía. Me sentí algo incómoda, y dije que volvería sin tomar helado. Saludé al grupo rápido y me encaminé a la puerta, pensando en qué tan empapada llegaría.

 En definitiva, a las dos cuadras chorreaba agua y llevaba mis ojotas en la mano, cuando un auto paró. El conductor se asomó a la ventanilla del acompañante que estaba baja y me llamó. Yo seguí caminando sin prestarle atención, empezando a malhumorarme, cuando oí la puerta del coche cerrarse. Giré asustada, y comprobé que, mojándose íntegro, se acercaba. No hace falta decir quién...
 Me tomó un brazo y sin aviso nos comimos la boca. Sentía su perfume y sentía irradiar el ardor de su piel. Él comenzó a apretarme contra sí, contra sus bermudas abultadas. Con las ojotas todavía en la mano, yo me derretía.

 Fue en el momento que decidí soltarme con un simple movimiento de manos, mirarlo de la forma más perversa posible. Y salir caminando, volteando una sola vez, para verlo quieto, con los ojos enormes y esa maldita sonrisa seductora bajo la lluvia de verano.

 Entré al baño, dejando empapado el camino, abrí el agua caliente de la ducha y me masturbé con ganas, imaginándome su miembro apretado y más mojado de lo que él hubiese querido...


SD.

jueves, 30 de mayo de 2013

La Primera Dama


 Esa noche tenía decidido cobrarme todas las histeriqueadas de un símil-rockstar que, después de cruzarnos por casualidad alguna vez, vía Facebook había conseguido arrebatarme  varias noches con los ojos en el techo. Sin mucho más preludio que un "salgamos a tomar algo", nos encontraríamos en una fiesta, en un lugar que no conocía, pleno Centro.

 Me arreglé lo necesario: no hubo más lujos que mi bombacha favorita de encaje y las uñas pintadas durante el viaje. Y fué justamente durante ese viaje, que me pregunté si lo que estaba haciendo estaba bien. Digo "bien", en el marco en el que me criaron seguro que no; simplemente pensaba en cuán poderosa podían ser las ansias de aventurarme en lo que nunca antes había experimentado como para dejarme satisfecha. Acordé que dejaría de preguntarme sandeces cuando casi se me pasa la parada. Caminé las cuadras rápido, entre impaciente y congelada, ya que había refrescado bastante.

 Llegué al lugar cuando aún estaba vacío. Me sentí una tonta, llegando temprano en mis zapatos cuando las pocas pulgas del lugar ameritaban zapatillas, pero procuré lucir lo más distendida posible.
 Me pasé la noche mirando de reojo, esperando que él me descubriera como si yo estuviera ahí sólo por casualidad. Llegó casi dos horas más tarde que yo, junto a un grupo de amigas. No podría describir mi expresión al verlo entrar porque no estoy segura de ella,  hacía dos horas que tomaba cerveza de a sorbos pequeños y los compañeros de trago  circunstanciales eran realmente aburridos.
 Dejé que él se acercara. No era tan lindo como en las fotos, ni como lo recordé o creí recordar de aquella noche. Automáticamente me sentí estafada. Y mis ojos saltaron a una de sus amigas. Era muy linda; el cabello suelto y lacio, los ojos muy maquillados, la risa repiqueteando contra las paredes. Su cuerpo era un poco más grande que el mío, y su escote impedía que uno la viese primero a la cara. Y ella lo sabía.

 Al rato, todo el grupo emitía vapores de alcohol y nos reíamos de cualquier estupidez. Se dijeron boberías y hablamos de música. Ella lo miraba de una forma muy peculiar, supuse que era obvio que compartieran más de una noche juntos. Él estaba compenetrado en arrinconarme contra la pared con su pelvis. Yo los observaba de a ratos, cada quien en su labor, mientras sorteaba embestidas y daba sorbos cortos a los vasos enormes que circulaban. Tenía más ganas de estar en mi cama que ahí.  
 Mientras me esforzaba por parpadear, sentí entonces que me besaban. Que él me besaba. Sus labios enormes eran cómodos y suaves, su lengua estaba tibia y sus manos me helaban la espalda a través de la camisa. Cuando aparté la cara un instante, me dí cuenta que ella se acercaba, se metía entre los dos para besarnos, los tres al mismo tiempo, en un enredo de lenguas desproporcionado. 

 Nos fuimos alejando del grupo, nos metimos en la pista de baile, nos besamos largamente. Ella tenía una minifalda que era poco obstáculo, y comprobando lo que imaginaba, él comenzó a tocarla. Yo no quise dejar pasar el momento, me puse detrás y comencé a acariciar sus piernas, sus nalgas. Tenía la piel suave y caliente, y mientras le besaba el cuello oía sus pequeños gemiditos. Él no entendía nada, se sentía galán. Ella estaba fuera de sí. Yo quería huir con ella. Alguien pasó y nos bañó adrede con la cerveza que le quedaba en el vaso, que no era poca y estaba helada todavía. Lo primero que se me ocurrió fue ir al baño, a lo que ella me tomó de la mano y nos encaminamos allí.
 El baño era pequeño, había mucha gente tanto más ebria que nosotras, así que entramos juntas y cerramos la puerta. Tenía todo el escote empapado, pegajoso. Se reía descontrolada, y se tapaba la boca con ambas manos. Hicimos pis y nos limpiamos como pudimos. Afuera él golpeaba la puerta, procurando no perderse de nada.
 Antes de salir la miré de una forma tan libidinosa y encantadora que me desconocí. Ella rió y comenzó a besarme. Le dije que nos fuéramos  a otro lugar, que iba a mimarla, a besarla hondamente. Pasé mi mano por su pierna con suavidad, acaricié su diminuta tanga mojada. Del otro lado, giró el picaporte.

 Salimos del lugar los tres. Una garúa de las últimas frías nos movió de un taxi a la estación. Cuando el tren llegó a destino, el día empezaba a despuntar. Teníamos frío y sueño, pero nosotras estábamos demasiado lejos de nuestras respectivas colchas.
 Entramos a su cuarto. Él seguía entusiasmado con la idea de seguir con lo que hacía más de una hora se había transformado en resaca.  Dijo algo y salió de la habitación, mientras yo hurgaba su música y ella se recostaba en la cama. Me descalcé y me senté junto a ella, que me invitaba a aprovechar el segundo de silencio para abrazarla.

 Debo haber dormitado sólo unos minutos, cuando abrí los ojos ella ahora estaba sentada en la cama junto a él, acariciándose. Me sentí totalmente de más. 
 Cuando comenzaron a desnudarse me defendí con el frío que hacía y con varias caricias y besos. Ambos sonrieron y comenzaron a tocarse. Él arremetía con brutalidad contra ella, como si fuera realmente una estrellita de rock disfrutando de sus fans, queriendo romperla. Me pedía que la nalgueara, y yo me excitaba viéndola solamente. Ella era alevosía en gestos, gritaba y gemía con fuerza. El encaje de mi bombacha era un desastre a estas alturas, no podía dejar de acariciarla, de lamer sus pezones pequeños, deseando que el otro se esfumara para poder encargarme de estremecerla de verdad.

 Alrededor del mediodía pregunté qué me podía acercar a mi casa. Salimos, tres vestigios de una noche, bajo un sol cubierto de nubes con la boca pastosa. Llegué a mi casa casi tres horas después, caminando descalza las últimas cuadras, rogando que la siesta después del asado del domingo fuera más real que nunca. Me encaminé hacia la ducha, dejando cartera y ropa por el camino. Mi ropa interior aún estaba húmeda.



SD.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Debajo de la Almohada

 Cuando pequeña, como buena muchachita soñadora, supe tener un diario íntimo. Nada muy alevoso, no más que una suerte de agenda con candado fácilmente profanable.
 Así y todo, escribía sólo por las noches, después que se durmieran los ruidos, con alguna birome de color o de brillitos o con perfume. Sin que nadie me viera. Terminado el ritual (poco regular confieso, no siempre tenía cosas importantes que escribir) escondía las llaves con recelo en la mesita de luz o dentro de algún alhajero, y metía el librito verde y suave entre la almohada y su funda .
 Me enojaba cuando encontraba a mamá cambiando sábanas o a mi hermano con sus amigos llevándoselo consigo. Comenzaban las corridas y los manotazos, el chillido sonoro de alerta cuando los ingenuos pensamientos de una mocosa estaban al alcance del resto.

 Hoy no es mucho más diferente, escribo y fantaseo a escondidas del mundo. 
Siempre tuve facilidad para la lecto-escritura; pero sobre todo fantaseo.
 Cuando, por ejemplo, la rutina me fastidia, suelo sentarme lejos y dejar la cabeza colgando, cierro los ojos y seguramente me llegue alguna historia a la mente. O si no puedo conciliar el sueño.

 Pero lo curioso ocurrió cuando comencé a trenzar historias que simplemente suponía. En lugares comunes, con gente común. Gente en el tren, gente en un bar, gente cruzando una  plaza, gente con la mirada encendida y los labios entreabiertos.
 No les invento las vidas que desconozco, eso sería un recurso simple y cotidiano. Me meto en sus rasgos, en sus gestos, y termino metiéndome en sus camas.
 Intuyo que creíste que  tengo relaciones sexuales con estas personas; no. Las elijo, las tomo y pasan a ser el elenco  mental de mis fechorías. A veces son parejas, a veces son compañeros de circunstancias, a veces transeúntes. No hay un patrón que seguir ni una situación particular. Me divierte, puedo pasar días puliendo encuentros en mi mente. Debe ser más normal de lo que creo ¿no?

 (Y dejo que escapen mis oraciones secretas desde debajo de la almohada, sin que puedas verme la cara, sin  que puedas oír mi voz)

SD.
 

A modo de presentación

 Quise encontrar la forma de compartir mis escritos sin que el mundo supiera quién soy.Tenía mi personaje formado, algunas historias, algunas imágenes, mi estilo de escritura bastante simple.Al momento de buscar un seudónimo apropiado, me adentré en la magia chata de los buscadores para dar con el indicado. Después de varios intentos, nació Silencia Doppelgänger.
 Me pareció bastante justo, considerando que sería mi Doble quien escribiría, casi huyendo del espejo, un reflejo que muchas veces temo encontrar. Quizás una sombra demasiado profunda como para exponerla a la luz del día.
 El asunto se puso complicado porque debía comenzar de cero, puesto que nunca antes había escrito un Blog (de hecho, muchos de estos escritos nunca conocieron más que mi propia mirada, y desaparecieron en algún cajón o como retazos en el cesto de la basura)
 Espero poder comenzar y continuar. Que sea hasta donde sea.

SD.