Esa noche tenía decidido cobrarme todas las histeriqueadas de un símil-rockstar que, después de cruzarnos por casualidad alguna vez, vía Facebook había conseguido arrebatarme varias noches con los ojos en el techo. Sin mucho más preludio que un "salgamos a tomar algo", nos encontraríamos en una fiesta, en un lugar que no conocía, pleno Centro.
Me arreglé lo necesario: no hubo más lujos que mi bombacha favorita de encaje y las uñas pintadas durante el viaje. Y fué justamente durante ese viaje, que me pregunté si lo que estaba haciendo estaba bien. Digo "bien", en el marco en el que me criaron seguro que no; simplemente pensaba en cuán poderosa podían ser las ansias de aventurarme en lo que nunca antes había experimentado como para dejarme satisfecha. Acordé que dejaría de preguntarme sandeces cuando casi se me pasa la parada. Caminé las cuadras rápido, entre impaciente y congelada, ya que había refrescado bastante.
Llegué al lugar cuando aún estaba vacío. Me sentí una tonta, llegando temprano en mis zapatos cuando las pocas pulgas del lugar ameritaban zapatillas, pero procuré lucir lo más distendida posible.
Me pasé la noche mirando de reojo, esperando que él me descubriera como si yo estuviera ahí sólo por casualidad. Llegó casi dos horas más tarde que yo, junto a un grupo de amigas. No podría describir mi expresión al verlo entrar porque no estoy segura de ella, hacía dos horas que tomaba cerveza de a sorbos pequeños y los compañeros de trago circunstanciales eran realmente aburridos.
Dejé que él se acercara. No era tan lindo como en las fotos, ni como lo recordé o creí recordar de aquella noche. Automáticamente me sentí estafada. Y mis ojos saltaron a una de sus amigas. Era muy linda; el cabello suelto y lacio, los ojos muy maquillados, la risa repiqueteando contra las paredes. Su cuerpo era un poco más grande que el mío, y su escote impedía que uno la viese primero a la cara. Y ella lo sabía.
Al rato, todo el grupo emitía vapores de alcohol y nos reíamos de cualquier estupidez. Se dijeron boberías y hablamos de música. Ella lo miraba de una forma muy peculiar, supuse que era obvio que compartieran más de una noche juntos. Él estaba compenetrado en arrinconarme contra la pared con su pelvis. Yo los observaba de a ratos, cada quien en su labor, mientras sorteaba embestidas y daba sorbos cortos a los vasos enormes que circulaban. Tenía más ganas de estar en mi cama que ahí.
Mientras me esforzaba por parpadear, sentí entonces que me besaban. Que él me besaba. Sus labios enormes eran cómodos y suaves, su lengua estaba tibia y sus manos me helaban la espalda a través de la camisa. Cuando aparté la cara un instante, me dí cuenta que ella se acercaba, se metía entre los dos para besarnos, los tres al mismo tiempo, en un enredo de lenguas desproporcionado.
Nos fuimos alejando del grupo, nos metimos en la pista de baile, nos besamos largamente. Ella tenía una minifalda que era poco obstáculo, y comprobando lo que imaginaba, él comenzó a tocarla. Yo no quise dejar pasar el momento, me puse detrás y comencé a acariciar sus piernas, sus nalgas. Tenía la piel suave y caliente, y mientras le besaba el cuello oía sus pequeños gemiditos. Él no entendía nada, se sentía galán. Ella estaba fuera de sí. Yo quería huir con ella. Alguien pasó y nos bañó adrede con la cerveza que le quedaba en el vaso, que no era poca y estaba helada todavía. Lo primero que se me ocurrió fue ir al baño, a lo que ella me tomó de la mano y nos encaminamos allí.
El baño era pequeño, había mucha gente tanto más ebria que nosotras, así que entramos juntas y cerramos la puerta. Tenía todo el escote empapado, pegajoso. Se reía descontrolada, y se tapaba la boca con ambas manos. Hicimos pis y nos limpiamos como pudimos. Afuera él golpeaba la puerta, procurando no perderse de nada.
Antes de salir la miré de una forma tan libidinosa y encantadora que me desconocí. Ella rió y comenzó a besarme. Le dije que nos fuéramos a otro lugar, que iba a mimarla, a besarla hondamente. Pasé mi mano por su pierna con suavidad, acaricié su diminuta tanga mojada. Del otro lado, giró el picaporte.
Salimos del lugar los tres. Una garúa de las últimas frías nos movió de un taxi a la estación. Cuando el tren llegó a destino, el día empezaba a despuntar. Teníamos frío y sueño, pero nosotras estábamos demasiado lejos de nuestras respectivas colchas.
Entramos a su cuarto. Él seguía entusiasmado con la idea de seguir con lo que hacía más de una hora se había transformado en resaca. Dijo algo y salió de la habitación, mientras yo hurgaba su música y ella se recostaba en la cama. Me descalcé y me senté junto a ella, que me invitaba a aprovechar el segundo de silencio para abrazarla.
Debo haber dormitado sólo unos minutos, cuando abrí los ojos ella ahora estaba sentada en la cama junto a él, acariciándose. Me sentí totalmente de más.
Cuando comenzaron a desnudarse me defendí con el frío que hacía y con varias caricias y besos. Ambos sonrieron y comenzaron a tocarse. Él arremetía con brutalidad contra ella, como si fuera realmente una estrellita de rock disfrutando de sus fans, queriendo romperla. Me pedía que la nalgueara, y yo me excitaba viéndola solamente. Ella era alevosía en gestos, gritaba y gemía con fuerza. El encaje de mi bombacha era un desastre a estas alturas, no podía dejar de acariciarla, de lamer sus pezones pequeños, deseando que el otro se esfumara para poder encargarme de estremecerla de verdad.
Alrededor del mediodía pregunté qué me podía acercar a mi casa. Salimos, tres vestigios de una noche, bajo un sol cubierto de nubes con la boca pastosa. Llegué a mi casa casi tres horas después, caminando descalza las últimas cuadras, rogando que la siesta después del asado del domingo fuera más real que nunca. Me encaminé hacia la ducha, dejando cartera y ropa por el camino. Mi ropa interior aún estaba húmeda.
SD.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario