Muy distante de un día gélido como hoy, me encontraba desparramada en la silla, queriendo más no pudiendo leer ni un párrafo de un libro que hace tiempo quería terminar. Ese tarde en particular el sol era áspero contra la piel y no podía estarme quieta. El verano tiene sus encantos, pero los días pesados y nublados me resultan tediosos. Así que decidí salir hasta la heladería más cercana, esperando encontrarla vacía en plena tarde. Me calcé un solerito liviano, tomé el monedero, las llaves, y caminé las siete cuadras que distaban abrumada por el peso de mi propio cuerpo. Cuando llegué, el panorama era bastante opuesto al que supuse: una fila larguísima de gente que se agolpaba contra las heladeras, entre eligiendo sabores y aprovechando el frío. No tenía nada mejor que hacer, me ubiqué en la hilera mientras miraba las diferentes escenas.
Una señora con un grupo de niños de no más de ocho años se quejaba, ellos corrían en el poco espacio y salían hasta la vereda gritando. Varias familias tomaban helado en las mesas casi como un ritual desgastado, en silencio. Las caras largas de varios matrimonios de más de cuarenta empezaban a emitir murmullos, disgustados por lo lento que circulaban los pedidos. Los pobres chicos detrás del mostrador tenían finas líneas de sudor en sus caras, algunos tenían pequeñas aureolas en las chombas de gruesa tela para ser uniforme de verano en una heladería. Una mujer malhumorada y bastante grande atendía veloz y cortante la caja, despachaba a todos de mala gana. Algunas parejitas compartían el cucurucho entre miradas pícaras. Otras se reían, sueltas. Un señor suda mares y un grupo de chicas se mufa de él. Varios adolescentes hacen estragos con el dispenser de agua y la que atiende la caja les grita y amenaza con miradas.
Había tufo de gente amontonada.
Estaba mitigando la espera con estas observaciones, cuando sentí un empujón. Me volteé y un muchacho despeinado me pidió disculpas. Tenía detrás a un grupo bastante silencioso en comparación al resto, de hombres de entre veinticinco y treinta y algo. Supuse que habrían llegado en auto, porque se los veía bastante frescos pero no disfrutaban mucho de la espera.
El muchacho despeinado me preguntó si hacía mucho que esperaba, a lo que le dije que ya estaba considerando quedarme con las ganas del helado. Él y sus compañeros rieron desganados, abombados ya por el ambiente. Me quedé apoyada contra la heladera, sin darles la espalda, y ellos comenzaron a comentar cosas sin mucho sentido, como para pasar el rato. Afuera se había desatado un viento fuerte, que se metía por la puerta abierta del local y aireaba las prendas húmedas. Estuvimos charlando largos minutos cuando me percaté que uno de ellos me miraba casi podría decir que con interés.
Tenía unos bonitos ojos claros, que contrastaban con su cabello castaño oscuro y su piel coloreada por la estación. Llevaba unas bermudas, una remera sin mangas y un llamativo collar de cuentas de madera. Esbozó una sonrisa corta y seductora al descubrirme viéndolo fijo, que me obligó a mover la mirada y hasta seguramente me hubiera sonrojado de haber sido cualquier otro día.
El grupo hablaba de la playa y lo bien que la habían pasado, y el chico del collar no despegaba sus pupilas de mí. Sentí un escalofrío y mis pezones me delataron. Me crucé de brazos mientras se hacía una suerte de silencio ínfimo y él bajaba la mirada a mis pechos. Me despegué de la heladera para notar que me había quedado parte de la espalda y la cola mojadas. El muchacho se acercó con disimulo. Olía a fresco, casi cítrico; tragué saliva.
No dijo una sola palabra. Su presencia tan cercana me inquietaba de nuevo, pero no quería descruzar los brazos porque mis pezones seguían firmes. Supuse que él se había dado cuenta, y hasta lo hacía adrede. Se acercó más a mi, y sin que me diera cuenta recorrió mi espalda mojada con uno de sus dedos. Para mi sorpresa no me sobresalté, sino que respiré con fuerza y me arqueé. Lo miré de reojo, casi aprobando su accionar. Lo repitió un par de veces más. Bajé la vista y noté que su bermuda estaba algo más ajustada. Volví a mirarlo, esta vez sonriendo levemente; él se miró y me acarició la nuca, por debajo de mi cabello. Volví a respirar con fuerza, a tragar saliva.
Sus amigos ya lo habían notado, además hacía rato que ninguno de los dos pronunciábamos palabra. Afuera ya llovía. Me sentí algo incómoda, y dije que volvería sin tomar helado. Saludé al grupo rápido y me encaminé a la puerta, pensando en qué tan empapada llegaría.
En definitiva, a las dos cuadras chorreaba agua y llevaba mis ojotas en la mano, cuando un auto paró. El conductor se asomó a la ventanilla del acompañante que estaba baja y me llamó. Yo seguí caminando sin prestarle atención, empezando a malhumorarme, cuando oí la puerta del coche cerrarse. Giré asustada, y comprobé que, mojándose íntegro, se acercaba. No hace falta decir quién...
Me tomó un brazo y sin aviso nos comimos la boca. Sentía su perfume y sentía irradiar el ardor de su piel. Él comenzó a apretarme contra sí, contra sus bermudas abultadas. Con las ojotas todavía en la mano, yo me derretía.
Fue en el momento que decidí soltarme con un simple movimiento de manos, mirarlo de la forma más perversa posible. Y salir caminando, volteando una sola vez, para verlo quieto, con los ojos enormes y esa maldita sonrisa seductora bajo la lluvia de verano.
Entré al baño, dejando empapado el camino, abrí el agua caliente de la ducha y me masturbé con ganas, imaginándome su miembro apretado y más mojado de lo que él hubiese querido...
SD.
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